Los gallegos vuelven al baile
La reapertura de salas de fiestas históricas muestra cómo en Galicia los locales con orquesta vuelven a estar de moda entre jóvenes y mayores.
Las salas de fiestas resurgen de sus cenizas. Quizá no regresen «las lentas», pero las orquestas vuelven a copar unos espacios que comenzaron a abandonar a principios de los ochenta eclipsadas por los ritmos que marcaban los pinchadiscos. Solo algunas de esas discotecas, como La Flor, en Montouto, lograron sobrevivir al cambio. Durante la madrugada de ayer, la que es ahora la decana de las salas de fiestas gallegas inauguró su temporada número 65. Después de su apertura allá por 1944, no ha fallado nunca a su público. Ahora vuelve a enfrentarse a la competencia que tuvo hace años.
Otra de las históricas, la Lenon, en A Estrada, reabrió hace un mes. En Betanzos, hace unos 15 días inauguraron El Globo, y el día 20 de este mes, la popular Riomar, que también fue cabaré en sus buenos tiempos, volverá a abrir sus puertas en Vigo. En Galicia, son ya más de una veintena las que están funcionando. Sus anuncios cuelgan, cual cartel de fiesta patronal, por todos los pueblos de la comunidad. Es que vuelve la verbena bajo techo.
Son poco más tarde de las doce de la noche. Madrugada ya de ayer. Medio centenar de coches están estacionados en un campo que hace las veces de párking junto a las instalaciones de La Flor, un nombre que puede leerse en las barras de neón que cuelgan de la fachada del inmueble. Hace veinte años, a esa hora, el baile ya estaba acabando. Ahora está todavía empezando. Porque aquí el público comienza a venir en torno a las once, aunque las puertas abren antes. Hay otras salas en las que, en domingo, puede echarse «un pie» desde las seis de la tarde.
Antes hay que parar en taquilla. Un pequeño cartel pegado en el cristal marca la tarifa. En La Flor son ocho euros. «Cuesta lo mismo todos los días», comenta la persona que está tras la pequeña ventanilla en la que despachan las entradas. Ahora el precio está unificado, pero en los setenta y ochenta lo habitual en las salas eran dos tarifas. Una para «señoritas» y otra para «caballeros». «Ahora, en la mayor parte pagan lo mismo, pero aún hay algunas que hay los dos precios», comentan desde Espectáculos Lito.
En la madrugada de ayer, ocho euros era lo que costaba escuchar a la Fania y la Versalles, unas orquestas que, como todas, también tienen su público. El cartel es lo que marca, muchas veces, el éxito o el fracaso de la noche, aunque cada sala tenga un público fiel. «Hai xente que se coñeceu aquí, fixeron a voda aquí, e agora os seus fillos tamén veñen», comenta José Antonio Rico, director de La Flor, y showman en la velada inaugural. Cuando sube al escenario, reconoce a sus clientes. Los llama por el nombre. Dedica canciones e invita a hacer lo mismo a todo aquel que quiera o se atreva.
Vuelve «el agarrado»
La cumbia vuelve a retumbar en el interior de La Flor. La pista está tomada por gente de mediana edad. Los jóvenes prefieren observar desde retaguardia, aunque muevan los pies movidos por la cumbia. Los que están ante el escenario bailan en pareja. No pierden el ritmo. Alguna hace sus pinitos. Lo latino triunfa, pero el pasodoble todavía pega. Entre pieza y pieza descansan en los sofás que bordean la pista que mira al escenario en el que actúan los artistas.
Aprovechan también para tomar algo en las mesas. Todas están numeradas con un pequeño cartel en plástico donde pone que la mesa está reservada. En una de ellas está Toñita. Su marido ha ido a pedir algo. «Venimos desde Ferrol. Esto nos encanta. Es que me encanta bailar. Mucho, mucho me gusta», explica. Pero La Flor no es la única sala que frecuenta la pareja. «Venimos a esta porque nos gusta mucho, aunque también vamos a otra que hay en Pontevedra. El problema es que ir hasta allá nos lleva más tiempo. Aquí llegamos en unos tres cuartos de hora. La que hay en Pontevedra, La Luna, es muy grande, pero esta también es muy bonita. Fania me encanta, la que no me gusta tanto es la otra orquesta, porque Versalles es muy loca», apunta.
Hoy, la pareja, que ronda los sesenta, tenía pensado ir a probar la que han abierto en Betanzos. «Nunca fuimos, pero a ver qué tal», explican.
Cerca, un par de amigas piden algo en la barra. Esperan justo frente a una pequeña pizarra sobre la que, escrito en tiza, pone «refrescos, dos euros; cuba libre, cuatro euros…». Fátima tiene 25 años. Es de Santiago. Su amiga, Tania, tiene 19. Vive más lejos, cerca de Noia. «Venimos aquí por las orquestas. Somos de fiestas al aire libre, pero como ahora en invierno no hay, venimos a las salas de fiestas», explican.
Hoy, por ayer, eran conscientes de que la mayor parte de la gente que iban a encontrar sería de mediana edad. «Está todo el mundo en Ordes, en la LP, porque está la Olimpus», añaden. Pero no les importa. Lo que quieren es bailar.
fuente/lavozdegalicia.es/
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